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La
razón del porqué se cubren los santos en tiempo de Cuaresma y Semana Santa
Desde tiempos antiguos, la Iglesia adopta el gesto de
cubrir las imágenes sagradas a partir del Quinto Domingo de Cuaresma,
marcando una transición profunda hacia el misterio de la Pasión de Cristo.
Los símbolos tienen una fuerza única: nos ayudan a
comprender verdades que a veces escapan a las palabras. Cubrir los Cristos y
las imágenes es una invitación a profundizar en la fe desde el interior,
conectándonos con aquellos que no ven con los ojos, pero sí con el corazón.
Durante la Cuaresma, la Iglesia enfatiza la
penitencia, la conversión y la preparación espiritual para la
celebración de la Pascua, el evento central de la fe cristiana que conmemora la
resurrección de Jesucristo.
En este tiempo de reflexión y purificación, cubrir las imágenes de los santos es una práctica que nos invita a
despojarnos de las distracciones visuales y mundanas para
centrarnos en la contemplación de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
En todas las iglesias hay bellas esculturas y obras de
arte que 'roban' nuestra mirada, al cubrirlas se evita las distracciones,
nuestros sentidos pueden enfocarse en las palabras del Evangelio del día.
La
idea es que nada distraiga al cristiano en su proceso de conversión. Así podrá descubrir con mayor profundidad el
amor de Dios a través de su Hijo Jesucristo y en los santos un ejemplo a
seguir. De hecho, durante la celebración del Viernes Santo por la tarde se va
descubriendo poco a poco la imagen de Cristo crucificado, hasta dejarla
totalmente visible.
Son
días de duelo y la Iglesia se cubre con el velo de la viudez. El tiempo de Pasión está consagrado de un modo
especial al recuerdo de los sufrimientos de Cristo por el que hemos obtenido la
redención. Cuando veamos el templo vacío, porque ninguna de las imágenes sea
visible, pensemos que eso sucede en la Iglesia cuando Cristo no está. Si Jesús
no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana, y las imágenes en el tempo
no tendrían ningún sentido.
Nos recuerda de una manera visual que nuestra fe en
toda su gloria solo es posible a través de la obra de Cristo en su sufrimiento
y muerte en la cruz.
¿Por qué se cubren las
imágenes sagradas en la última semana de Cuaresma?
Una antigua y
significativa tradición de la liturgia en la Iglesia, de la que muy poco se
sabe ya, solía hacer que las imágenes de los santos y del Señor se cubrieran
estando ya cerca la celebración del Sacratísimo Triduo Pascual.
"Desde el domingo
de Pasión el
recuerdo de los dolores y muerte del Señor pasa a primer término también en la
liturgia. [...]
La Edad Media, ignorando el origen verdadero de ciertos detalles exteriores del
tiempo de Pasión, tales como [...] la velación de los crucifijos e imágenes del
templo, los interpretó simbólicamente, relacionándolos con la Pasión del Señor.
[...] Las imágenes se cubren porque Cristo en su Pasión ocultó su divinidad
(Durando 1. 1, c. 3, n. 34). Pero lo más probable es que [...] en la velación
de las imágenes sobreviva el velo de Cuaresma, mencionado ya en el siglo XI y
que al empezar este período litúrgico se suspendía delante del altar mayor.
Thurston (Lent and Holy Week 100) relaciona el origen del velo cuaresmal con la
antigua disciplina de la penitencia: así como los penitentes públicos eran
expulsados del templo, de un modo análogo los otros fieles, que recibiendo la
ceniza al principio de la Cuaresma se declaraban penitentes voluntarios,
veíanse privados al menos de la vista del santuario, del altar."
Altar de la iglesia de
Santa María la Antigua, en Cincinnati, Estados Unidos.
"Durante el tiempo
de Pasión se cubre con lúgubre velo la Santa Cruz, las imágenes del
Crucificado: es señal de las humillaciones que deberá sufrir el Hijo de Dios,
empezando por la salida del templo de Jerusalén que el domingo de Pasión se
conmemora: Exivit de templo."
"El objeto casi
único de nuestra meditación van a ser la Pasión y la Resurrección de Cristo.
"Cielo de la santa Iglesia, dice Dom Guéranguer, se torna triste y
sombrío." En el centro de la liturgia se yergue la santa Cruz, en cuyo
honor se entonan himnos entusiastas y emocionantes, que nos revelan la
diferencia entre la antigua piedad, objetiva, y la nueva, penetrada de un
fuerte acento subjetivista. Hay indicios exteriores de duelo: las imágenes de
los Santos cubiertas, pues la Iglesia no quiere distraer su mirada con las
bellas esculturas, con los esplendores del arte, ni siquiera con los metales
que adornan el signo de la Cruz."
"Entramos en los
días de duelo que lloramos al Esposo divino. La Iglesia se cubre con el velo de
viudez. El tiempo de Pasión es la tercera etapa de la preparación pascual. La
antecuaresma fue una introducción, la Cuaresma un periodo de conversión y purificación,
el tiempo de Pasión está consagrado de un modo especial al recuerdo de los
sufrimientos de Cristo. Este recuerdo se expresa en diversas prácticas
exteriores de la liturgia. Se cubren los retablos el templo, lo cual es
costumbre simbólica con que la Iglesia quiere manifestar su duelo, y se velan
las cruces, en las cuales antiguamente no se hallaba grabada la imagen del
Crucificado. Las imágenes y estatuas deben desaparecer de nuestra vista para
que no nos distraigan del pensamiento de la Pasión de Cristo."
"En la liturgia,
el recuerdo de este atentado es como el prólogo del drama sangriento. Entramos
en una nueva etapa de la Cuaresma, entramos en el tiempo que se llama
propiamente de Pasión. Una luz sombría se derrama sobre la escena; un triste
presentimiento invade las almas, un ambiente de tragedia nos sobrecoge. La
Iglesia sabe que los hombres buscan a su Esposo, que conspiran contra Él, que
no acabarán hasta hacerle perecer. Llena de dolor, reúne a sus hijos para
llorar con ellos el espantoso crimen de la ingratitud y prorrumpir en acentos
de indignación contra los deicidas. David y los profetas ponen en su boca las
exclamaciones más conmovedoras; se oyen imprecaciones terribles contra los
verdugos, y de cuando en cuando se alza la voz del mismo Cristo, revelándonos
las angustias mortales de su alma. La escena se cubre también de luto: en el
altar, las imágenes de los santos quedan ocultas a nuestras miradas; se diría
que renuncian a consolarnos en nuestro duelo. La misma cruz desaparece bajo un
velo oscuro. Antes ella nos sostenía, hablándonos de luz, de fuerza, de amor; y
he aquí que ahora se aparta, por decirlo así, de nosotros para hacer más viva
nuestra esperanza y más sincera nuestra contrición. Porque no es una compasión
estéril lo que se nos pide; las lágrimas son inútiles, las mismas oraciones
sirven de poco cuando no las acompaña una conmoción profunda del corazón. Las
terribles escenas que durante estos días van a pasar delante de nuestros ojos
deben ser enseñanzas vivas para nuestras inteligencias, llamaradas de fuego
para nuestras almas. "No lloréis por Mí -nos dice el Redentor en medio del
desamparo-, llorad por vosotros y por vuestros hijos." En esta hora de la
justicia inexorable contra el pecado, debemos recordar que no son Judas, ni
Pilatos, ni el odio de los fariseos, ni la cobardía de los discípulos el objeto
de nuestras cóleras, sino esa serpiente de mil cabezas que se enrosca en
nuestros corazones, y envenena nuestra vida, y pone sombras en nuestro camino,
y hace correr ríos de sangre por el rostro de nuestro divino Salvador."
Cuando Dios ocultó su
gloria
Una interpretación
puede ser la ocultación de la gloria de Dios durante los sucesos trágicos de la
Pasión, según los escritos del Abad Prosper Guéranger (siglo XIX): Esta
ceremonia «expresa la humillación a la cual nuestro Salvador se sometió, como
es relatado en el Evangelio del Domingo de la Pasión del Señor» (Domingo de
Ramos). De hecho, el momento más usual para cubrir las imágenes es la víspera
de dicha solemnidad.
Altar mayor de la
iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Chicago, Estados Unidos.
Los católicos veneran
la Cruz como un signo de victoria, pero también de humillación y sufrimiento.
El cubrir esta y otras imágenes contribuye a revivir el misterio del
sufrimiento de Cristo, cuando «la divinidad de nuestro Salvador fue casi
totalmente eclipsada, tan grande fue su sufrimiento», comentó. «De igual
manera, incluso su humanidad fue oscurecida, tanto que podría decir a través
del profeta 'Mas yo soy un gusano y ya no un hombre, los hombres de mí tienen
vergüenza y el pueblo me desprecia'» (Salmo 22). El color del cubrimiento es el
púrpura de la Cuaresma, que transmite el sentido penitencial, sobrio y doloroso
de los acontecimientos conmemorados por la Iglesia.
Algunos antecedentes de
la práctica se encuentran en la Alemania del siglo IX, cuando se cubría el
altar hasta la lectura de la Pasión, cuando se narra que «el velo del templo se
rasgó en dos». La costumbre contribuiría además a reforzar la identificación
del tiempo de Cuaresma. Otros, según recuerda el Padre Edward McNamara,
Profesor de Liturgia en la Pontificia Universidad Regina Apostolorum, proponen
que el cubrimiento de las imágenes era una extensión de las prácticas de
penitencia pública de la Iglesia en siglos pasados. El restringir el símbolo a
la Semana de Pasión sería un uso posterior que fue finalmente incluido en el
Ceremonial de los Obispos del siglo XVII.
Normativa actual
"La costumbre de
cubrir las cruces y las imágenes de las iglesia puede conservarse, a juicio de
la Conferencia episcopal. Las cruces permanecen cubiertas hasta después de la
celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo, y las imágenes hasta el
comienzo de la Vigilia pascual."
"Antes de la
primeras Vísperas de la dominica de Pasión, deben cubrirse con velo morado las
cruces e imágenes; y continuarán así cubiertas: las cruces, hasta que en la
función del Viernes Santo el Preste haya descubierto la cruz del altar; y las
imágenes, hasta el gloria in excelsis del sábado siguiente.
Acerca de estas rubricas debe notarse:
Se han de cubrir: a) antes de las primeras Vísperas de la dominica de Pasión,
aunque éstas sean de una fiesta, no en el mismo domingo; b) todas las cruces
que hay en los altares y sirven para la celebración de la Misa, como también
las que fuera de los altares están en la iglesia para el culto y veneración, v.
gr., a la entrada del Coro, las que se llevan en procesión; pero no hay
obligación de cubrir las del Vía Crucis, las esculpidas en las paredes en
testimonio de la dedicación, para ornamento o por otro motivo que no sea el del
culto o veneración, ni la pequeña en que remata el sagrario, a no ser que supla
a la del Sacrificio; c) las imágenes de los Santos que para el culto están
expuestas en los altares, no las que sin ese objeto se hallan fuera de ellos,
ni las pintadas para decoración en las paredes de la iglesia; e) con velo
morado no trasparente, que cubra toda la cruz e imagen e impida verlas al
trasluz; en él no pude haber figuras e imágenes, ni aun las de Pasión; f) hasta
el Viernes o el Sábado Santo (ut supra), sin que puedan descubrirse antes por
ninguna causa, v. gr., por ocurrir en tal tiempo la fiesta titular o la del
Patrón, ni la imagen del Crucifijo con ocasión de Ejercicios espirituales.
Con todo, se tolera llevar las imágenes descubiertas en las procesiones que se
hagan durante este tiempo, y exponer en la iglesia y llevar en procesión la
Virgen Dolorosa con su Hijo muerto en los brazos el Jueves Santo por la noche y
el Viernes siguiente, y aun (en virtud de antigua costumbre) que en el altar
pueda estar descubierta la misma Madre Dolorosa el viernes de Dolores.
La Sagrada Congregación urge que se cumplan estas leyes según el uso aprobado
de la Iglesia y que se eliminen como abusos y corruptelas las costumbres
contrarias."
En la forma
ordinaria del Rito Romano es el Domingo V de Cuaresma.
Luis
Eisenhofer, Compendio de litúrgica católica, Ed. Heder, Barcelona,
1947, nº 132, p 110.
I. Gomá y
Tomás, El valor educativo de liturgia católica, Editor Rafael
Casulleras, Barcelona, 1940, parte 2ª, c. VII, punto II, apartado A), nº 6, p.
511.
J. Pérez de Urbel
y E. Díez, Misal con devocionario y ritual, Ed. Científico M.E,
Madrid-Barcelona, 1943, El tiempo de pasión, p. 578.
P. Parsch. El
año litúrgico, Ed. Herder-Ed. Litúrgica Española, Barcelona, 1957, Tiempo
de pasión, p. 255.
J. Pérez de
Urbel, Año cristiano, Tomo V, Ed. Fax, Madrid, 1951, Domingo de
Pasión, p. 129.
Misal Romano,
Coeditores Litúrgicos, 2001, sábado de la IV Semana de Cuaresma, p. 224.
G. Martínez de
Antoñana, Manual de Liturgia Sagrada, Ed. Coculsa, Madrid, 1943,
Trat. IV, Sec. 2ª, c. III, Art. 1º, nº 726, pp.986 y 987.
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